Si hay algo salvable de la estación de servicio de Guarromán, son los hipnóticos vuelos de golondrinas de las 18:35 de la tarde.
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El vuelo en bandadas de pájaros suele tomarse como un ejemplo de inteligencia colectiva, y aunque realmente no existe un control central, la merita verdad es que cada bichito funciona como unidad autónoma. Por eso no van a ningún sitio, sólo estiran las plumillas.
Una aproximación a las reglas que sigue cada individuo [Spector, Klein, Perry y Feinstein], tal y como les configuraría la madre naturaleza, es ésta:
Separación: Mejor no chocar con ningún pajarito, que tienen muy mala leche.

Alineación: virar más o menos lo mismo que los pájaros vecinos, que si miro para otro lado me roban la cartera.

Cohesión: acércate a los pajaros cercanos, no vayas a perderte y te coma el tigre.

A grandes rasgos este modelos de aprendizaje computacional [que algunos han planteado para tráfico aéreo sin tripulación] reduce el algoritmo de la bandada (ya que no se han de computar todos los individuos, sólo los más cercanos) y encima, emboba.